No voy a ser muy original. Creo que coincidiré con buena parte de quienes nos formamos bajo el magisterio de Elena Barrena en afirmar que el mayor legado que recibimos fue el de incitarnos a comprender la historia como proceso. Y más concretamente como proceso de cambio, de transformación social, superando para ello, no solo los rígidos análisis de estructuras o de instituciones aparentemente inamovibles, sino también los límites autoimpuestos por la estrechez de las divisiones académicas entre épocas, particularmente entre lo «medieval» y lo «moderno». Nada más ilustrativo, ya en nuestro primer contacto con ella, que aquella asignatura de «Historia Moderna I» que nos obligaba a viajar desde la crisis del siglo XIV a los albores de la del XVII, reflexionando sobre crisis y transiciones, sobre novedades y permanencias, y a cuestionar arquetipos como el arcaísmo medieval o la radicalidad de la novedad renacentista.
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